¿Un poco menos libres? Una lectura política de Tron
Ensayo
SABROSÓN N°2
Borja Rivero
11/28/2025

Aunque suele aparecer en algunas listas de clásicos de la ciencia ficción de los años 70 y 80, Tron nunca fue una película especialmente bien recibida. Se estrenó en 1982, dirigida por Steven Lisberger, en una época en la que los ordenadores eran todavía algo extraño, casi científico. Durante la década anterior ya se habían puesto a la venta los primeros modelos, pero no fue hasta el lanzamiento del PC de IBM en 1981 que el concepto de ordenador personal comenzó su gran éxito. Es decir, hasta sólo un año antes del estreno de Tron las computadoras seguían perteneciendo más al mundo de la ciencia ficción que al de la vida cotidiana. Por eso la película es una rareza: casi nadie la entendió entonces, y la verdad es que todavía hoy cuesta hacerlo.
En 1994, el filósofo y politólogo de origen letón, Isaiah Berlin pronunció un discurso en Toronto que se publicaría posteriormente bajo el título "Mensaje al siglo XXI". En el mismo alertaba contra los ideales simples, y mantenía la hipótesis de que los horrores del siglo XX no fueron sólo causados por odios y codicia, sino por el convencimiento de tener la solución a todos los problemas humanos. Bajo una certeza tan poderosa como esa, cualquiera que se opusiera sólo podía parecer estúpido o malvado, y por tanto las acciones para erradicar dicha oposición fueron consideradas legitimas; al fin y al cabo, el objetivo final era particularmente noble y beneficioso, ¿verdad?
En Tron ocurre algo así. El protagonista, Flyn, es un usuario humano que resulta absorbido por la máquina, y toda la trama se desarrolla en un mundo digital (creado además por CGI, un hito técnico en aquel momento). Dicho mundo está poblado por programas y procesos con consciencia, para quienes los usuarios humanos son algo cercano a un dios. El rol de villano lo juega el Sistema Central, una suerte de Inteligencia Artificial que se sabe mucho más capaz que cualquier programa o usuario, y que pretende la consabida dominación mundial bajo una constatación lógica simple: él puede hacerlo mejor.
En realidad, no era una idea original, Stanley Kubrick ya la había explorado en su Odisea en el espacio en 1968 con su HAL 9000, así como Joseph Sargent en 1970 con Colossus: The Forbin Project. También en la literatura los ejemplos que tratan el tema de la dictadura o control tecnológico son numerosos. A destacar aquí El Conflicto evitable, cuento de Isaac Asimov aparecido en 1950. En éste, el coordinador mundial queda horrorizado al comprender que la humanidad ha perdido su libre albedrío; sin embargo, la robopsicóloga Susan Calvin le hace ver que nunca ha sido dueña de su futuro, siempre zarandeada por factores medioambientales y económicos que han afectado a su supervivencia. En realidad, las supercomputadoras ofrecen a la humanidad el sueño de la paz mundial gracias a una mejor gestión de los recursos limitados del planeta.Lo que hace especial a Tron es su carácter metafísico. La película plantea el mundo digital como un plano alternativo del ser, un espejo digital de nuestra propia lucha por definirnos más allá de los sistemas que nos encierran (tecnológicos, políticos, religiosos o filosóficos).
Isaiah Berlin teorizó sobre dos tipos de libertad, la positiva y la negativa. La negativa se define por la ausencia de interferencias externas, actuar sin que otros impongan restricciones arbitrarias, y está profundamente asociada al individualismo. La libertad positiva, en cambio, implica la capacidad de autodeterminación, el control sobre uno mismo y la realización de ideales propios o colectivos, lo que la vincula tanto al individuo como a un esfuerzo comunitario.
Debido a los regímenes totalitarios del siglo XX, Berlin temía más la perversión de la libertad positiva, pero también señaló los peligros de una libertad negativa llevada al extremo: un aumento descontrolado de las desigualdades sociales y la ausencia de protección para los más vulnerables. En Tron, lo que está en juego es la recuperación de la libertad negativa suprimida por el sistema central. Para lograrlo es necesario expulsar al opresor y devolver a los programas un espacio donde puedan actuar sin coerción ni control autoritario. Sin embargo, el Sistema Central no es gratuitamente cruel, él cree que puede tomar mejores decisiones que los humanos y que está optimizando el sistema (aunque para ello impone una forma perversa de libertad positiva, en la que él decide lo que es mejor para todos).
¿No es esa la misma lógica que hoy subyace a muchos sistemas algorítmicos, a muchas decisiones que ya no tomamos? Primero buscábamos respuestas en enciclopedias online, ahora le preguntamos a Inteligencias Artificiales sobre cualquier cosa, pero ellas no responden a la verdad, y su “interés” no es ni siquiera suyo, sino de las empresas y los magnates que las financian.Los sistemas tecnológicos actuales no necesitan recurrir al terror, les basta con ofrecernos eficiencia, seguridad y entretenimiento. Lo inquietante es constatar cómo aceptamos tan ciegamente estas condiciones, les regalamos alegremente una enorme cantidad de datos con la excusa de optimizar nuestra experiencia como usuarios, convencidos de que no estamos renunciando a nada esencial. Pero, ¿qué estamos creando sin ni siquiera darnos cuenta? ¿Cuánto nos va a costar?
Conviene recordar a Isaiah Berlin cuando advertía contra los ideales simples, aquellos que, en nombre del bien común, sacrifican la diversidad de deseos, de dudas, de opciones. La técnica no es enemiga de la libertad, pero puede convertirse en su mayor amenaza si se presenta como neutral, objetiva, infalible, o inocua. No lo es, nunca lo es, porque detrás de cada algoritmo hay una serie de decisiones humanas, intereses humanos, errores humanos. Películas y libros de ciencia ficción han teorizado sobre ello desde hace muchas décadas, pero es fácil descartarlos por sus aspectos exagerados, sus finales rimbombantes o poco verosímiles; no obstante, también existen ejemplos más sosegados que beben de las mismas fuentes y que quizá sean más fáciles de entender.En Shangri-La, novela gráfica de Matthieu Bablet aparecida en 2016, el autor reflexiona sobre la sociedad de consumo y el poder de control de las megacompañías, usando la voz de la casta dominante:
Nuestro objetivo ha sido siempre hacer que todo el mundo sea feliz en el trabajo, contentos de trabajar para la empresa, ese ha sido nuestro objetivo, vuestra felicidad ¿Cuál es el problema si a cambio sois un poco menos libres? Funciona. Ni siquiera estáis reducidos a la esclavitud que yo sepa. Un poco más materialistas, un poco más conformistas, un poco más seguros, pero más felices. No parece que esto le genere problemas a mucha más gente. Usted mismo habla en nombre de una minoría, no tiene derecho de decidir por aquellos que aceptan el sistema. ¿Acaso ellos no tienen también razón? ¿o simplemente no le importa su opinión?
La lectura de Isaiah Berlin nos muestra que la libertad es un artefacto frágil y difícil, porque para existir necesita ser al mismo tiempo un asunto colectivo e individual. Tron muestra que la verdadera libertad requiere ambas dimensiones. En la película, para derrotar al Sistema Central, Flynn debe aliarse con un programa llamado Tron, quien actúa como agente consciente en nombre del bien común, encarnando así esta síntesis: liberan el mundo digital para que cada uno pueda ser lo que es, desde la autonomía y lo colectivo, no desde la coerción ni desde un frío y eficiente egoísmo.
En un mundo cada vez más gobernado por sistemas automatizados que toman decisiones por nosotros, el desafío no es resistirse al progreso, sino reivindicar el derecho a cuestionarlo. Aunque, como decía Asimov por boca de Susan Calvin, posiblemente la raza humana nunca ha sido verdaderamente libre, eso no significa que debamos renunciar a seguir preguntándonos qué significa serlo.
Referencias:
Asimov, Isaac. "El conflicto evitable". En Yo, Robot. Trad. Pilar Giralt Gorina. Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1973.
Bablet, Mathieu. Shangri-La. Ankama Éditions. Label 619, París, 2016.
Berlin, Isaiah. "Un mensaje para el siglo XXI". Traducción de Laura Emilia Pacheco. Letras Libres, número 192, diciembre 2014, pp. 25–26.
Berlin, Isaiah. Liberty. Ed. Henry Hardy. Nueva York: Oxford University Press, 2002.
Borja Rivero
Ilustración de fondo: Sari Tanikawa


