Tres poetas comentan Un poeta
Reseña
SABROSÓN N°2
Santiago Uhía, Chepe Guerra y Rodrigo Yllaric
11/28/2025

Un bogotano, un trujillano y un guatemalteco se encuentran en un cine público de la República Independiente de Montreuil. Parece el comienzo de un chiste, pero es anécdota. Los tres han quedado para ver Un poeta, la película colombiana que ganó Un certain regard en el Cannes de este año.
Van con temor y, por eso, contrabandean una botellita de ron, un par de latas de cerveza y un paquete familiar de galletas bañadas en chocolate. No vaya a ser que la tragicomedia los toque más por el lado “tragi” que por el lado “comedia”, pues los tres llevan encima la maldición del tal poeta: manuscritos encajonados, libros frustrados, jóvenes promesas que devienen en viejas deudas. La “tentación del fracaso”, como le pusiera Julio Ramón Ribeyro.
En la ficción, el poeta se llama Óscar Restrepo, un paisa admirador del poeta José Asunción Silva (Bogotá, 1865-1896) que vive entregado a la Poesía, con mayúscula, como razón, pretexto o causa de su profunda melancolía (y de su desempleo). El contexto es Medellín: su ingenio emprendedor, sus madres casi solteras, sus negocios chuecos. La poesía, allí, parece reunirse en torno a dos polos que la película sabe representar de un chispazo: el billete de 5 000 pesos con la cara de Asunción Silva versus el billete de 50 000 con el bigote de García Márquez. El eje, finalmente, no es la literatura, sino la plata. Y en la trama eso se expresa en otros dos polos. Por un lado, el poeta Efraín, tan premiado como hipócrita (y coquero). Por otro, el poeta Restrepo: fracasado, principista y alcohólico.
Resignado a no dejarse matar de hambre, Óscar acepta un trabajo de profesor de escuela secundaria, donde se la pasa hablando de penumbras, desolaciones y frustraciones varias. En ese marco descubre un día el cuaderno de Yurlady, su estudiante. Yurlady no mistifica la poesía, tampoco quiere ser poeta, preferiría dedicarse a la manicure. Pero Óscar busca imponerle el sueño suyo, hacer de ella, a falta de otra, su magnum opus. En medio de ese desborde de contradicciones, Yurlady es utilizada por todos (desde la Casa de la poesía y la embajada de Holanda hasta su familia) y Óscar paga los platos rotos cuando su magnum opus les revienta en la cara.
¿Dónde se ubican nuestros tres poetas de inicios del chiste crónica? El dilema, sin necesidad de llevarse a cabo en un paisaje tropical tercermundista ni de tener la maldita vocación, es universal: ¿cuánto transamos, cuánto cedemos y dónde depositamos nuestra mirada que creemos valiosa sobre el mundo? ¿Cómo negociamos con la porción de fracaso que nos toca?
La película nos gustó porque sabe repartir vergazos por igual: desde los escritores profesionales latinoamericanos hasta la cooperación internacional europea, pasando por el pseudo indigenismo, el feminismo de cartón y los bachilleres semianalfabetos. Pero ataca, sobre todo, la impostura del poeta que, al asumir una visión sacerdotal de la literatura, somete a quienes lo rodean a padecerlo y rescatarlo una y otra vez.
Bonus track: el escritor antioqueño Fernando Vallejo tiene una biografía de José Asunción Silva, reconstruida a partir de su libro de contabilidad (Almas en pena, chapolas negras, 1995). Al parecer el tipo murió endeudado hasta el cuello, escapando como podía de sus acreedores.
Chepe, Santiago y Rodrigo (Le Méliès, 8/11/25)
Ilustración de fondo: Sari Tanikawa


