El clon, el mundo y el amor de mi abuelita
Relato
SABROSÓN N°2
Mairemí
11/28/2025

Volver a Santa Cruz siempre fue volver a la magia, o sea a la abuela y a todo lo que la rodeaba. Les vacances d’été coincidían con el invierno tropical cruceño, puntualmente helado cuando soplaba el surazo desde la Patagonia. Entonces, era tradición llamar por teléfono al 117 para que una doñita robótica nos indicara la hora exacta, pero sobre todo la temperatura. En cuanto empezaba a bajar de 15 grados enloquecíamos, llamando cada media hora para ver si batíamos récord de frialdad.
Todo en la ciudad reencontrada despertaba amor y misterio en mi corazón. Las aceras partidas por las raíces de los toborochis, los bocinazos constantes y el humo tragado del centro, la venta de dulces a base de maní y de leche en cada esquina, el sonido de miles de bichitos en la noche, siempre tan oscura gracias al pésimo alumbrado público, y los árboles: las grandes estrellas de la ciudad. Sentía, a pesar del maravilloso despelote humano, en el fondo, la calma. Suave como la corriente del río Piraí.
El invierno de 2002 yo tenía 11 años, la abuela 65 y la gran novedad del momento era la telenovela brasileña El Clon. La abuela ya era adepta incondicional y en menos de un episodio yo también. La tele nos llevaba cada día, puntual, desde nuestro aislado pueblo del Oriente boliviano a mundos insospechados. Asistíamos boquiabiertas a una sarta de escándalos amorosos, clonajes, historias de drogadicción y malentendidos culturales porque resulta que la novela ocurría entre Brasil y Marruecos.
Jade, joven marroquí criada en Brasil regresa a Fez tras la muerte de sus padres. Un bello día, en plena interpretación de la danza del vientre, su mirada se cruza con la de Lucas, brasileño, y es amor a primera vista. Lo sabemos porque, aunque no hablamos portugués, entendemos la canción de fondo: “sómente por amor, a gente põe a mão no fogo da paixão e deixa se queimar” - que volveremos a oír cada vez que Jade y Lucas se miren, o sea ochocientas veces. Como era de prever, su incipiente pasión se ve truncada por una serie de acontecimientos narrados a lo largo de 221 episodios. Resumiendo las principales barbaridades: Diogo (hermano gemelo de Lucas) fallece en un accidente de helicóptero. Lucas regresa a Brasil y se le ocurre empezar a salir con la ex del hermano que acaba de morir, Maysa. Jade termina casándose con su antipático (pero rico) prometido Said. El genetista Albieri, padrino del fallecido Diogo, decide crear su clon sin pedirle su opinión a nadie. Aprovecha la inseminación artificial de una manicurista llamada Deusa para introducir las células de Diogo en sus óvulos. Pasan los años y el cloncito va creciendo, Lucas y Maysa tienen una hija drogadicta enamorada de su guardaespaldas y Jade se aburre nomás. 20 años después del amor a primera vista, Jade y Lucas se vuelven a encontrar y, obvio, jamás se dejaron de amar así que deciden huir juntos. ¡Pero eso era sin contar con la existencia del clon, Leo, que justo andaba de paseo por Marruecos! Se cruza con Jade y se enamora de ella igualito que Lucas. Los dos pelean por su amor, pero Jade termina escogiendo al cuarentón original en lugar del clon veinteañero. Estaba escrito, maktoub (makitubi en portugués, para los iniciados).
La abuela se moría de la risa ante cada episodio y retomaba frases de la novela: “Cuidado Irenita no vayas a terminar ardiendo en el mármol del infierno!” si yo cometía alguna fechoría, o “busquémonos unos maridos que tengan, oro, oro, mucho oro!”. Yo amaba la transgresión de poder asistir a semejante huevada en la tele, para empezar, y encima con la abuela, la tipa más brillante que conocía. Cada año, ella me enseñaba a ver, a presenciar el mundo y sus juegos. Formas y colores, flores y cielos, sopas y postres, chistes y animales. Lo grandioso y lo chiquito. Un textil isoseño tejido a mano durante horas por mujeres milagrosas en pueblitos inaccesibles y una telenovela brasileña llena de historias imposibles y mundos lejanos. Era un placer, cada tarde, sentarnos a reír y verla descansar de la realidad, por una hora.
Mairemí
Ilustración de fondo: Sari Tanikawa


